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Serie escultórica
Pensé en una serie escultórica en la que participan un río, un reloj y una o dos risas. Todo empieza en el recuerdo ( o es el recuerdo) de aquel momento, cuando con un amigo tomaba unas cervezas, no en exceso, y conjeturábamos sobre hechos que no consigo recordar. Alfredo, Alonso, Alfonso, alguno de ellos vino a decirme que la escultura necesita un protagonista, un personaje en torno al cual se narre un relato en una serie de obras, o algo así, y que sólo lo supo hacer un escultor con una serie ilustrativa del Via Crucis.
En un recreo tomé con Pablo sólo un chop de cerveza sin maní y no, para él la escultura se nutre de la vida, no de consignas ni transposiciones, se río de Alfredo (de ahora en más Alfonso). En poco tiempo subió el río. Como un juego en el que se escoge una mano descartando que el premio esté en la otra, me perdí de memorizar la idea y sólo conservo la escena de Julio y las risas que como ladrillitos plásticos ensamblables construían un autobomba advirtiendo a los bañistas que se retiren de la costa. Así que me levanté del papel o cualquier soporte de registro y me puse a reír.
Ahora Pablo me dice que tras seis años de psicoanálisis solucionó su problema, se levanta para ir al baño. Alfonso sonríe cuando le advierto que pondré patas arriba mi escultura, el siempre insiste con eso. Lo que pasa ahora es que yo estoy patas arriba y el recuerdo no cae. Pablo prefiere un análisis del todo al de las partes. Es lógico que prefiera todo, pero es el único modo (que tampoco me asegura llegar a mi escultura) de aproximarme a aquellas palabras.